La
llegada de los árabes a la península Ibérica en el lejano año
711 permitió el establecimiento de una civilización que ha
dejado una intensa huella no sólo a través de monumentos como la
mezquita de Córdoba o la Alhambra, sino también en los hábitos
sociales y en el cultivo de la tierra. Al Ándalus se convirtió,
según los historiadores, en el territorio más refinado del
Occidente europeo. Hoy, algunos grupos islamistas añoran aquella
etapa y no dudan en reclamar Al Ándalus como su vieja patria.
Los fundamentalistas islámicos de hoy reclaman
como su vieja patria la lejana civilización de Al Ándalus. Lo han
hecho muchas veces. Valga un ejemplo. "Que entréis con vuestros pies
lavados en nuestro Al Ándalus despojado, pronto si Alá quiere", dijo
el dirigente salafista Abu Musad Abdel Wadoud el pasado 11 de abril
después de que tres islamistas se suicidaran en Argel al volante de
tres coches bomba y asesinaran a 30 personas. "Que nuestros pies
limpios pisen nuestra Al Ándalus raptada y la Quds (Jerusalén)
violada", comentó inmediatamente después.
Volver a Al Ándalus, recuperar su antiguo
esplendor. ¿De qué están hablando en realidad los fundamentalistas
de hoy, qué imágenes asocian a aquella civilización que habitó
durante casi ocho siglos en gran parte de la península Ibérica? "Osama
Bin Laden seguramente hubiera arrasado Al Ándalus, era una sociedad
demasiado permisiva para su mentalidad", comenta Jerónimo Páez,
director, creador e impulsor de la fundación El Legado Andalusí.
Eduardo Manzano, profesor del CSIC y autor de Conquistadores,
emires y califas. Los omeyas y la formación de Al Ándalus
(Crítica), explica que lo que hay no es más que la reivindicación de
un elemento del imaginario musulmán que coincide con el momento de
hegemonía y pujanza de esta religión. "Al Ándalus fue conquistada en
plena expansión militar árabe, apenas ocho décadas después de la
muerte del Profeta", explica Manzano. "El hecho de que en el extremo
más occidental del mundo musulmán cristalizara una brillante
sociedad plenamente integrada en ese mundo siempre ha sido visto
como un signo de la enorme pujanza política, religiosa y cultural
que albergaba el islam primitivo".
Luego vino la decadencia. Los cristianos fueron
ganando terreno, y Al Ándalus terminó por no ser nada más que una
brumosa metáfora que cada cual interpretaba a su manera. Al Qaeda
mira aquel esplendor para curarse del declive humillante al que se
precipitó desde entonces el islam, un declive al que la organización
terrorista "intenta poner punto y final regresando a una ideología
de combate y guerra santa que no está dispuesta a admitir
compromisos", añade Manzano.
Córdoba, Sevilla, Granada. La mezquita y Medina
Azahara, la Giralda y la Torre del Oro, la Alhambra. Podrían ser
otros muchos lugares (Toledo, por ejemplo: ese ámbito mítico en el
que convivieron cristianos, judíos y musulmanes) de aquella larga
época en que dominaron en la mayor parte de la península Ibérica
esos árabes que creían en las enseñanzas de Mahoma. Todo empezó el
27 de abril del año 711 cuando desembarcó en Gibraltar Táriq Ibn
Ziyad, lugarteniente del gobernador de Tánger, al mando de 9.000
hombres: no tardaron mucho en derrotar a los visigodos. En pocos
años habían llegado hasta las zonas más septentrionales de la
península, donde resistieron los vascones de Navarra y los reinos
astures, y en su vigoroso avance quisieron penetrar en Francia,
donde fueron detenidos en la batalla de Poitiers (732). Así que se
quedaron a este lado de los Pirineos.
En su reciente libro Los desheredados
(Aguilar), Henry Kamen habla de aquella temporada. "En el siglo X el
territorio llamado Al Ándalus -una cuarta parte de la España actual-
era un país totalmente controlado por los musulmanes y el más
poderoso y refinado de Europa occidental". Era una civilización
urbana en la que destacaban ciudades como Córdoba o Granada con una
avanzada organización política y social, que nada tenía que ver con
los reinos cristianos del norte, con una economía principalmente
ganadera y agrícola. "Los árabes trajeron el olivo, el pomelo, el
limón, la naranja, la lima, la granada, la higuera y la palmera",
escribe Kamen. En la agricultura andaluza de entonces predominaron
las habas, los garbanzos, las habichuelas, los guisantes y las
lentejas, ya que los árabes no comían cereales. Sazonaban sus platos
con "canela, pimienta, sésamo, macis, anís, clavo, jengibre, menta y
cilantro, especies desconocidas en el resto de la Europa cristiana".
La lana, el algodón, la seda, el vidrio, las armas y el cuero fueron
algunas de las industrias que se desarrollaron en Al Ándalus y la
agricultura "se benefició de la eficaz irrigación".
"De Al Ándalus permanece una suerte de espíritu
del lugar y un impresionante patrimonio monumental y cultural",
explica Jerónimo Páez. "La belleza de sus edificaciones, su
exquisitez, los jardines construidos con tanto mimo y donde todo
gira alrededor del agua, la delicadeza, la poesía. Fueron maestros
en la arquitectura íntima, cuidando todos los detalles (olores,
sabores, colores) para vivir hacia dentro". Fue un mundo
sofisticado, donde se produjo un profundo mestizaje y donde, pese a
los conflictos, consiguieron coexistir musulmanes, cristianos y
judíos. ¿Es ésa la civilización que reclaman los fundamentalistas?
Claro que no se puede reducir ese largo dominio
de casi ocho siglos a una imagen única y rotunda. Al principio (711-
756), Al Ándalus fue la parte extrema, la occidental, de los vastos
dominios de los omeyas. Un emirato que dependía de Damasco.
Abderramán I, en el año 756, proclamó la independencia del emirato
de Córdoba e instauró allí una dinastía que gobernó Al Ándalus hasta
1031.
Fue, desde 956 y gracias a Abderramán III, un
califato. Para entonces era tal ya el acoso de los reinos
cristianos, que presionaban de norte a sur, que Al Ándalus inició su
proceso de descomposición, generando distintos reinos independientes
llamados taifas, que fueron unificados temporalmente durante las
invasiones de almorávides y almohades. De todos ellos quedó al
final, entre 1238 y 1492, el reino nazarí de Granada. Fue el último
reducto de la presencia árabe en la península Ibérica.
Córdoba, Sevilla y Granada, como momentos
distintos de esa larga historia. La mezquita y el palacio de Medina
Azahara de la primera de estas ciudades quedan como testimonio del
inmenso poder de aquel emirato que llegó a la cima de su esplendor
con Abderramán III. Sevilla es el ámbito donde se puso de relieve el
empuje de los almohades, con la construcción de espléndidas
mansiones para los cortesanos, de una gran mezquita, de la que ha
sobrevivido la Giralda, y de una fortificación, de la que queda la
Torre del Oro. La Alhambra resume los estertores de aquella
civilización, que aguantó todavía dos siglos el avance de los
cristianos hasta que cayó en 1492 con los Reyes Católicos. La caída
de Granada no significó el fin de la presencia musulmana en España.
Sobrevivieron como moriscos, enorgulleciéndose de su condición y
luchando por conservar su cultura. Fue en 1580 cuando, durante el
reinado de Felipe II, se tomó la decisión de expulsarlos. La orden
se llevó a la práctica en 1609, y salieron de España 300.000
moriscos, los últimos vestigios de una historia larga y tumultuosa,
pero apasionante.
¿Qué característica fue la más relevante de
aquella civilización? "La principal seña que define Al Ándalus es su
configuración como sociedad árabe e islámica", explica Eduardo
Manzano. "Árabe debe entenderse no en un sentido meramente étnico
-esto es, referido a los individuos de este origen que llegaron a la
península como consecuencia de la conquista del año 711-, sino
cultural e identitario. La lengua árabe acabó convirtiéndose en la
mayoritaria entre la población y a la altura del siglo X el latín
prácticamente había desaparecido en Al Ándalus. Los descendientes de
la población indígena se arabizaron, como también lo hicieron los
descendientes de los soldados bereberes de origen norteafricano que
habían acompañado en gran número a los conquistadores árabes del año
711 y que, a su vez, habían sido sometidos en las décadas previas.
Asimismo, la islamización de la sociedad andalusí -esto es, la
conversión mayoritaria de sus gentes al islam- es un hecho evidente
que se aprecia tanto en la multiplicación y ampliación de mezquitas,
como en el creciente número de gentes dedicadas al conocimiento
religioso (esto es, los ulemas) que eran de origen indígena: ya en
la segunda mitad del siglo IX se calcula que aproximadamente la
mitad de los ulemas de los que tenemos noticia eran descendientes de
conversos".
Durante siglos convivieron (a ratos, mejor; a
ratos, peor) musulmanes, cristianos y judíos en Al Ándalus, ¿pero
qué fue lo que diferenció de manera más radical a los que gobernaban
en las dos zonas en que quedó dividida la península? "Más que en la
religión, la diferencia hay que buscarla en la manera de ejercer el
poder, en la diferente relación entre gobernantes y súbditos, y en
el hecho de que la sociedad cristiana estaba regida por el derecho
civil, y la musulmana por el derecho religioso", dice Jerónimo Páez,
director de la fundación El Legado Andalusí. "En los reinos
cristianos hubo entre el poder real y el pueblo algunos espacios que
permitieron que se fueran consolidando las clases emergentes, como
los comerciantes o la burguesía, de forma que existieron diversos
estamentos de poder, junto con la nobleza, la iglesia y la
monarquía. Entre los musulmanes, quienes gobernaban se consideraban
descendientes del Profeta y en el vértice del poder convivían los
ulemas con los mandatarios, lo que difícilmente permitía fisuras.
Luego estaba el pueblo, pero no había clases sociales que pudieran
arañar esferas de poder real, era una sociedad vertebrada a partir
de clanes y linajes. No había una ley de sucesión clara, y como
consecuencia de la poligamia existían numerosos descendientes con
aspiraciones a gobernar, lo que dio lugar a todo tipo de conflictos,
sediciones y rebeliones, en definitiva, numerosos periodos de
inestabilidad social. Por otra parte, no existía un concepto de
Estado, nación y territorio, que permitió una mayor estabilidad en
los reinos cristianos. En estos últimos, la existencia del derecho
privado facilitó que avanzara la sociedad civil y que se limitara el
despotismo de los poderes públicos, además de permitir la división
de poderes, que en el fondo se controlaban unos a otros. En el mundo
musulmán se gobernaba a través de la charia, y no existía realmente
diferencia entre el poder civil y religioso. No surgieron, por
tanto, diferentes estamentos con poderes e intereses propios, y
nunca llegó a considerarse que la legitimidad política estuviera
basada en la voluntad popular y no en la voluntad del rey".
Tal vez esa imposibilidad de que la clase
burguesa llegara a tener una influencia determinante y a imponer su
espíritu comercial, laico y de progreso económico, más allá de la
voluntad divina, o del monarca, o del sultán fue, según Jerónimo
Páez, una de las causas de la debilitación de las sociedades
islámicas. Si los comerciantes europeos, a partir del declinar de la
Edad Media, fueron decisivos en la configuración de las nuevas
sociedades y las empujaron hacia el futuro, en el mundo islámico
fueron postergados, carecieron de todo protagonismo, y no
consiguieron ser un factor de cambio y modernización.
Hans Magnus Enzensberger, en El perdedor
radical. Ensayo sobre los hombres del terror (Anagrama), apunta
que la infraestructura de los países islámicos "se estancó en
niveles medievales hasta entrado el siglo XIX", y escribe: "La
primera imprenta con capacidad de producir libros escritos en árabe
se fundó con un retraso de tres siglos". Max Rodenbeck, en El Cairo.
La ciudad victoriosa (Almed), reflexiona en ese mismo sentido: "Los
árabes habían practicado la impresión con bloques de madera desde
una fecha tan temprana como el siglo IX -600 años antes de Gutenberg-,
pero aquella ciencia se había extinguido y, aunque se conocía el
avance europeo de los tipos móviles, la clase educada de El Cairo
había rechazado aquella invención por miedo a que su uso pudiera
poner en peligro el monopolio efectivo de la palabra escrita".
En uno de sus llamamientos, grabado en vídeo y en
el que aparecía vestido con la típica túnica árabe y turbante, el
número dos de Al Qaeda, el médico egipcio Ayman al Zawahiri,
defendía en julio del año pasado la necesidad de la guerra santa
contra Israel y los cruzados, y exhortaba a los musulmanes de todo
el mundo para que lucharan hasta que el islam reine "desde Al
Ándalus hasta Irak". La recurrente obsesión por el paraíso perdido,
por la edad dorada, por el viejo esplendor. ¡Qué sueño más quimérico
ése de recuperar lo que ya se ha ido y que fue tan distinto en
épocas remotas! Pero los mitos prenden en las multitudes y sería
trágico que con la pólvora de Al Ándalus se derramara una sola gota
de sangre.
RUTA DE VIAJE: Un legado conflictivo
La presencia de los árabes (y de los
judíos) en España ha sido un tema conflictivo para sus
historiadores e intelectuales. El gran debate sobre esta
cuestión lo libraron Américo Castro y Claudio Sánchez
Albornoz. El primero de ellos cambió de manera drástica
la manera de entender el pasado de España. Hasta
entonces, esa palabra (que los romanos utilizaban para
señalar la unidad de la península Ibérica) se había
empleado para dar cuenta de una continuidad (una vieja
esencia) que venía de mucho atrás, y así se trataba de
españoles incluso a los prerromanos que defendieron
Numancia (y se pasaba de puntillas cuando asomaban
árabes y judíos). Castro pensaba, en cambio, que estos
últimos habían "desempeñado un papel positivo y
fundamental en la formación de la amalgama cultural en
que después se convertiría España", escribe Kamen.
Sánchez Albornoz, en cambio, sostuvo con tozudez, en
opinión de Kamen, que ni los árabes ni los judíos
hicieron nada que supusiera una aportación de
importancia a esa España que, consideraba, venía de
antes y debía "su vitalidad a sus orígenes prerromanos y
romanos".