ALAMBIQUES, LAGARES Y
AGUARDIENTES
YUNQUERA (MÁLAGA)
A principios del siglo XX quedaban
en Yunquera (Málaga) unos cinco alambiques y una gran cantidad de lagares. Todo
ello era debido al gran número de viñas, teniendo que venir gente de fuera para
la labra y recogida de la uva.
Todo este comercio, que tuvo una gran importancia en tiempos ya pasados, dio al pueblo de Yunquera nombre y fama por sus finos aguardientes. Pero todo vino a la ruina a causa de dos factores: la terrible filoxera, enfermedad de las vides, que apareció por el año 1870, llegando a perderse la totalidad de las viñas. No obstante se repusieron trayendo de fuera plantones de vides americanas,
La otra causa que dio al traste con la industria del alambique fue la exigencia por parte de la administración, de utilizar alcohol para la destilación del aguardiente y no el mosto de la uva. Ello encareció la producción, cerraron todos los alambiques y quedaron multitud de lagares. Uno de los alambiques famosos en Yunquera fue el de Antonio Garcés, que funcionó desde 1920 a 1930.
La temporada de trabajo de los alambiques iba de octubre a diciembre, y empleaban cada uno unas diez personas. El combustible utilizado era la leña, que se traía desde la sierra transportada por animales de carga. El aguardiente era llevado a los pueblos vecinos como Casarabonela, Carratraca, Grazalema, El Burgo, Ronda, Málaga, etc. Las personas que se encargaban de dicho transporte eran los llamados arrieros, otra de las profesiones ya desaparecidas.
PREPARACIÓN DEL
AGUARDIENTE
Se quemaba el mosto en una caldera de cierto tamaño.
Conforme iba hirviendo, el vapor que soltaba pasaba por un serpentil, especie de
tubo de poco grosor, de cobre, que en su recorrido iba dondo vueltas por una
pequeña alberca de agua que constantemente se iba renovando para que no se
calentara. El vapor que pasaba por el tubo se licuaba y caía a un
recipiente o pequeña cuba de madera rodeada por unos aros de hierro. Era un fino
chorrito de líquido llamado "cochura" y de nuevo era quemado en la caldera, pero
además se le mezclaba matalauva, siguiendo el proceso anteriormente dicho.
Pasado este procedimiento, si iba rebajando con agua hasta conseguir los grados apropiados que eran medidos con un aparato parecido a un termómetro de cristal, midiendo los grados que tenía el aguardiente. El orujo de la uva era desechado y no se podía aprovechar como combustible.
Los dueños de estos alambiques pagaban sus correspondientes impuestos.
Miguel Merchán Toledo